Posteado por: alvargua | 26 enero 2010

Conocer a un famoso (o cómo hacer fuego con un palo)

Llevaba conmigo un álbum de fotos, y enseñárselo contribuyó a relajar el ambiente. A Onwas le llamó la atención una foto de mi gato. “¿A qué sabe”, preguntó.

Michael Finkel, en National Geographic

Mujer hadza, Tanzania

La semana pasada aparecía en la revista National Geographic un artículo sobre un reportero que pasó unas semanas con la tribu tanzana Hadza. Comencé a leerlo con la avidez que acostumbro cualquier cosa que suene, aunque sea remotamente, a África. La memoria no es desde luego una de mis mayores virtudes (acostumbro a tener siempre todo en la punta de la lengua pero jamás consigo escupirlo) y al comenzar a leerlo el nombre Hadza no me decía nada. Fue tras pasar varias páginas que al fijarme en una foto del jefe de la tribu (un tal Onwas) me sorprendí a mí mismo exclamando: “¡Yo a este tío le conozco!”. Normalmente te son familiares en los medios tanto gente de la farándula como tarambanas varios (incluyendo en el primer grupo deportistas ó actores y en el segundo políticos y empresarios), por lo que reconocer al jefe de una tribu de cazadores-recolectores que se comunica con su pueblo a base de chasquidos me produjo una profunda satisfacción. Alguien podría responder que ser compañero de correrías de Brad Pitt o Pep Guardiola tendría más glamour que compartirlas con Onwas (no creo que nadie reclamara ese derecho para José Luís Rodríguez Zapatero) pero dudo que esas andanzas fueran tan divertidas como la jornada que compartimos con los hadza (reconozco que podría llegar a cambiar a Onwas por Angolina Jolie). El autor del artículo describía su periplo dándole un halo de gran aventura de supervivencia, con esa típica arrogancia de los reporteros con la que parecen susurrarte mientras arquean una ceja: “Después de caminar en la frontera entre la vida y la muerte he vuelto para contártelo”. Pues bien, ¡esta vez YO estuve allí!

Los Hadza son una etnia que habita en los alrededores del lago Eyasi, en el valle del Rift a su paso por Tanzania. Son apenas unos 1.000 individuos de los cuales alrededor de 400 aún hoy viven como cazadores-recolectores. Basándose en análisis genéticos se ha demostrado que representan,  junto con bosquimanos (otros famosos a los que hemos conocido recientemente), una de las raíces principales del árbol genealógico de la Humanidad. Un pariente genéticamente idéntico a Onwas tiene una edad de unos 100.000 años. Los Hadza proporcionan una prueba viva de cómo se vivía hace más de 10.000 años, antes del nacimiento de la agricultura, pues su forma de vida poco ha cambiado desde entonces. En algún momento de la Historia hubo un iluminado que decidió que era mejor cultivar la tierra y domesticar animales que recoger plantas y perseguir a la casi siempre fauna hostil. La disponibilidad de alimentos en la despensa favoreció la constitución de poblaciones y el ordenamiento de unas comunidades cada vez más complejas que desplazaban a los cazadores-recolectores y se disputaban las regiones más fértiles para hacer frente a los periodos de carestía. Aquellas entidades sociales fueron evolucionando hasta convertirse en ciudades y mucho más tarde en naciones. 10.000 años más tarde aquella iniciativa ha desembocado en la infausta dinámica actual en la que estoy obligado a ponerme una corbata todos los días para ir al trabajo.

Dice Michael Finkel, el autor del reportaje, que los hadza no practican la guerra y no hay constancia de que hayan sufrido periodos de hambruna. De hecho siguen hoy una dieta más saludable y variada que la mayoría de ciudadanos del mundo. Apenas invierten 4 horas al día en la búsqueda de alimento, dedicando el resto del tiempo a actividades de ocio, tales como contar historias al calor de una hoguera mientras fuman con ostensible euforia (no supe determinar durante mi estancia la naturaleza del estupefaciente que consumían). Todo lo que poseen pueden llevárselo al hombro. Los hadza viven en pequeñas comunidades abiertas, en el sentido de que pueden entrar y salir de ellas a voluntad, y no reconocen ninguna autoridad dentro de las mismas. No existen compromisos sociales ni horarios. No existe una ceremonia para contraer matrimonio ni existe el concepto como tal, pues los hadza (tanto hombres como mujeres) cambian de pareja sin mayor protocolo cuando la actual deja de satisfacerlos. Sin necesidad de reflexiones transcendentales debo decir que envidio a los hadza.

Fue hace unos dos años cuando, tras un interminable trayecto en la parte trasera de un camión (10 horas para hacer 200 kilómetros), llegamos a las inmediaciones del lago Eyasi. A la mañana siguiente nos acercamos a la la aldea nómada de los hadza. Nadie salió a recibirnos. Únicamente tras un rato de ruidosa impaciencia el propio Onwas apareció tras las pajas de una choza. Resulta incómoda esa situación inicial en la que el grupo de forasteros aguarda con gran expectación que los miembros de la tribu le deslumbre con hábitos singulares y exóticos. Si bien etnias como los Masái resultan decepcionantes por el grado de folclore poco creíble que exhiben, lo cierto es que los hadza resultan francamente auténticos. Tras fumarse un descomunal canuto (el cual nos ofreció, y rechazamos con razonable prudencia), Onwas nos estuvo enseñando a hacer fuego con un palo (muy difícil), tirar con arco (muy difícil) y cazar (muy difícil, incluso para ellos). Pasamos unas tres horas siguiendo al hijo de Onwas mientras oteaba entre la maleza. Un tipo vestido con un gorro de piel de mono y un roído pantalón perseguido por cinco turistas vestidos en plan Coronel Tapioca, todos ellos intentando camuflarse en el bush para cobrarse alguna pieza. Bastante estrambótico, la verdad. Obviamente no hubo suerte con la “caza mayor”. La única víctima de nuestra experiencia cinegética fue un incauto ratoncillo que se llevó una pedrada en la cabeza, y que tras ser cocinado a la brasa fue compartido entre todos aquellos que quisieron darse el festín. A mí me tocaron los higadillos. En definitiva pasamos una fantástica jornada de cazadores-recolectores. (Casi todos. Siempre está el típico aguafiestas que afirma de manera palmaria que los hadza no quisieron cazar ningún mono para no herir sensibilidades o que el ratón ya estaba muerto antes de que nosotros llegáramos.)

Puede parecer emotivo (y probablemente simplista), pero nos marchamos de la aldea hadza con la sensación amarga que te deja el advertir cómo de insustanciales son la mayoría de las cosas a las que damos importancia. Resulta lamentable comprobar la cantidad de preocupaciones y actividades fútiles que nos ocupan a lo largo del día, y que te hacen añorar una vida de cazador-recolector. Es muy probable que los nietos de Onwas acaben seducidos por el escaparate multicolor del mundo occidental y que, de aquí a dos generaciones, el pueblo hadza se sienta perdido por una caída de su proveedor de internet o acuciado por deudas relacionadas con productos que a día de hoy no necesitan. Es desconsolador darse cuenta de que esa moraleja es efímera, y que sólo dura el vuelo de Tanzania a España.


Respuestas

  1. Me parece un artículo realmente excelente !!! Cuando leí la nota del National Geographic tuve sensaciones parecidas: Hoy, la lucha por la vida diaria, nos ha hecho perder de vista que, en definitiva, somos un animal que, a veces, es racional, y que depende de la naturaleza como el resto de las criaturas. Felicitaciones. Gaspar.


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