Posteado por: alvargua | 9 enero 2010

Merienda de negros

Cuando vinieron los misioneros a África tenían la Biblia y nosotros la tierra. Nos dijeron: vamos a rezar. Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos la tierra.

Desmond Tutu, clérigo sudafricano conocido por su oposición al Apartheid

Niña himba, Namibia

Son muchas las cosas que se aprenden durante los años de estudio (me permito la expresión “años de estudio” a modo de simpático eufemismo para describir lo que fueron mis años de indisciplinado aprendizaje) y que pasan por nuestra memoria como por un colador roído. Es al menos mi caso en lo que respecta a la época de la historia de la colonización de África, y en particular de un hecho histórico como la Conferencia de Berlín de 1884, el cual recientemente he redescubierto con estupor. Pretendo que sirva el presente texto para recuperar de mi memoria las circunstancias que se dieron durante aquellos años y que han derivado en la triste situación política y económica de la mayor parte de las naciones africanas.

Es un hecho probado el que África es la cuna de la Humanidad, en un tiempo en el que los ancestros del hombre actual partieron de la región austral del continente negro para llevar a cabo las primeras “colonizaciones”.  Aquellas expediciones hacia un entorno que les debió parecer hostil, motivadas por un ánimo probable de curiosidad y necesidad de supervivencia, dejaron un continente poblado por algunos representantes de homo sapiens que vivieron en feliz armonía con su entorno por decenas de miles de años. Esta situación de alegre independencia se mantuvo hasta finales del siglo XIX, cuando todavía el 90% del territorio estaba gobernado por africanos. En el transcurso de apenas tres generaciones se llevó a cabo la ocupación total del continente. La raíz del árbol genealógico tomada al asalto. El primer colonizador colonizado.

Las necesidades de materia prima por parte de las potencias europeas tras la Revolución Industrial iniciada en el siglo XVIII llevaron a una agresiva competición por la adquisición de territorios de ultramar. La emergencia en los países imperialistas de doctrinas de superioridad racial, además del descubrimiento de la quinina como profilaxis contra el paludismo y las nuevas armas de fuego, que conferían a los europeos la posibilidad de someter a ejércitos más numerosos, hicieron el resto.

El preludio de la Conferencia fue la expedición de Stanley, patrocinada por Leopoldo II de Bélgica, para explorar la cuenca del río Congo. Tras años de ejércitos, misioneros y exploradores tomando África, esta circunstancia creo la conciencia en Europa de que todo el continente había sido ya “descubierto”, y generó una aguda paranoia en las potencias europeas que pugnaban por obtener derecho de control y explotación del continente. Desde una perspectiva moral contemporánea resulta obsceno recordar que, por ejemplo, Leopoldo II era el propietario privado de los territorios anejos a la cuenca del río Congo. Por su parte Francia acababa de conseguir la posesión de Túnez y el Congo Occidental, y pretendía la gestión completa del eje horizontal del Sahara desde Senegal hasta Sudán. Gran Bretaña recientemente había obtenido el gobierno de Egipto y en consecuencia la soberanía sobre Sudán y Somalia, y reclamaba la autoridad sobre el eje vertical entre El Cairo y El Cabo a través del África Oriental. En ese contexto de pillaje, las potencias europeas en liza convocaron la Conferencia de Berlín para repartirse educadamente el pastel. Cualquiera mínimamente perspicaz habrá adivinado ya que ningún gobierno africano fue invitado a la fiesta. El canciller alemán Bismark, en su rol de presidente de la Conferencia, abrió la primera sesión con un discurso que prometía que uno de los objetivos marcados era promover la civilización del pueblo africano (resulta interesante observar esa tendencia incorregible del hombre a pretender que los demás están equivocados cuando no comparten su misma filosofía vital. Si bien es un defecto congénito en el ser humano, independiente de raza o religión, sí que es cierto que el mundo occidental ha tenido históricamente la capacidad de someter al resto de pueblos “incivilizados”. Quizás sólo el adolecer de esa facultad de imponerse a los demás ha eximido a algunas naciones de tratar de sojuzgar a otras culturas). No obstante, la Conferencia de Berlín no terminó con las disputas por África, sino que estableció las normas bajo las cuales se dirimirían los posteriores conflictos. Aún más, los ánimos imperialistas se fueron exacerbando hasta el punto de que las crecientes pretensiones expansionistas derivaron en tensiones geopolíticas y económicas que desembocaron en la Primera Guerra Mundial, cuya resolución llevó a un nuevo mapa del continente en el que Alemania perdía sus colonias. África pasó por estas circunstancias históricas actuando como fuerza de trabajo, y en las que sus recursos naturales se esquilmaban y sus tierras se expoliaban.

A partir de la Segunda Guerra Mundial muchas potencias imperialistas, en aquel contexto de posguerra, empezaron a dudar de la idoneidad de mantener las colonias, por el elevado coste que suponía mantener administraciones de ultramar, construir infraestructuras para su explotación, además de mantener la paz en unos territorios donde el espíritu nacionalista era creciente. Desde entonces, la lenta pero continua sucesión de estados que conseguían su independencia devino en un colonialismo económico que hacía de esas naciones emergentes meras exportadoras de materias primas e importadoras de los productos manufacturados que los antiguos imperios ahora producían. Aún peor: la organización territorial de África dibujó un mapa del continente que no atendía a la naturaleza tribal de sus pueblos, sino que fijó fronteras de carácter nacional lo cual provocó, con posterioridad a la independencia, los numerosos enfrentamientos e incluso genocidios entre pueblos que, no pudiendo compartir un sentimiento nacional al estilo occidental, habían sido obligados a convivir bajo el entorno de un mismo estado.

En la actualidad, en su condición de excolonias, la mayor parte de los países africanos mantienen estrechas relaciones con la Unión Europea, pagando alrededor de $20.000 millones en concepto de deuda cada año. La ayuda exterior llega a los $50.000 millones anuales lo cual no hace sino mantener la situación de dependencia de África con Occidente y permite que gobiernos corruptos e ineficientes sigan en el poder.

Supongo que la historia contemporánea de África se puede resumir en la descripción de dos idiosincrasias muy distintas: la arrogancia occidental que pretende para sí misma el tutelaje del resto del mundo, cobrándose en cada momento la compensación que desde su propio criterio define; y la incapacidad cultural del África subsahariana de adaptarse al sistema legado por las potencias imperialistas. En todo caso, hablamos todavía de estados muy jóvenes, que en muchos casos dividen sus esfuerzos entre crear un plan de progreso y vengar las ofensas recibidas. Quizás en un futuro no muy lejano volvamos a vivir una nueva colonización del resto del mundo desde África…


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