Posteado por: alvargua | 18 diciembre 2011

Fotos de aquí y allí

Quiet and mysterious figure of a Marrakech inhabitantUn enlace a algunas fotos que hemos hecho….

Posteado por: alvargua | 6 febrero 2010

Un ecologismo muy lucrativo

Yo también hablo de la vuelta a la Naturaleza; aunque esa vuelta no significa ir hacia atrás sino hacia adelante.

Friedrich Nietzsche

Carreteras de Uganda

Hago aquí un paréntesis a nuestras breves narraciones de viajes mezcladas con humildes apuntes histórico-culturales para escribir unas observaciones sobre la última película que hemos visto: Avatar. Ha sido interesante comprobar cómo nuestro anterior post, dedicado a la tribu de cazadores-recolectores Hadzabe’e, resulta íntegramente válido para los humanoides de Pandora, los Omaticaya; así mismo nuestra entrada sobre la colonización de África propone las mismas reflexiones que la película.

Avatar es una película de argumento manido (malos extremadamente malos, el héroe de escasa inteligencia con una doble moral que acaba seducido por el pueblo al que pretendía traicionar…) con una moralina ecologista muy en boga. Es un planteamiento simplista el apuntar con el dedo a los perversos occidentales que pisan los derechos de los indígenas en su afán por esquilmar los recursos naturales de pueblos que viven en simbiosis con su entorno (sobre todo es de una hipocresía supina cuando se da el caso de que has llegado al cine en un vehículo que se mueve gracias al combustible que has comprado a esos perversos occidentales), pero desafortunadamente describe circunstancias reales. Es un hecho cierto el que se está llegando a la deforestación de regiones de Papua, el Amazonas o el Congo (por poner tres ejemplos) con métodos que no difieren tanto de los mostrados en Avatar. No obstante, parece bastante naif un planteamiento que lo único que parece proponer es “¡paremos esto!”, ahora que naciones como China o India, que suman 2.500 millones de personas, han implantado “nuestro Sistema”. Después de que llevamos décadas viviendo el westerners’ way of life, cuando otros países tienen la capacidad de unirse al mismo, ahora aflora el sentimiento de que el modelo no es sostenible con tanta gente conduciendo coches y disfrutando de aire acondicionado: “Ops! Nos hemos equivocado. No hay recursos para todos. El plan servía únicamente cuando el mundo occidental vivía del los recursos de todo el planeta”. ¿Y entonces qué? No parece que ni los chinos vayan a dar marcha atrás en sus justas pretensiones de subirse al carro, ni que los yanquis, por más que hagan de Avatar la película más taquillera de la historia, tengan un sentimiento ecologista tan profundo como para prescindir de las comodidades que adquieren a precios módicos. En Occidente se ha instaurado un pensamiento dual capitalista-ecologista de necesidades ciertamente incompatibles, y que acalla su mala conciencia reciclando tetrabriks y comprando alimentos pretendidamente ecológicos. En Asia no parecen sensibilizados con el cambio climático, bien porque no se lo acaban de creer, bien porque viven una revolución imparable de consigna “ahora nos toca a nosotros” que ignora sus consecuencias.

Lo que desde luego es cierto es que las matemáticas no fallan, y no es posible repartir un kilo de cereales entre 3.000 personas. Dicen que la Naturaleza es inteligente, y también debe saber de matemáticas, con lo cual es posible que, a medio o largo plazo, ésta se autorregule envistiendo contra el ser humano como lo hacía en Avatar, quizás provocando el colapso total o parcial de “la gente del cielo”.

Pues ya veremos… Bueno, los de ahora no podremos comprobarlo lo cual es, quizás, la raíz del problema.

Posteado por: alvargua | 26 enero 2010

Conocer a un famoso (o cómo hacer fuego con un palo)

Llevaba conmigo un álbum de fotos, y enseñárselo contribuyó a relajar el ambiente. A Onwas le llamó la atención una foto de mi gato. “¿A qué sabe”, preguntó.

Michael Finkel, en National Geographic

Mujer hadza, Tanzania

La semana pasada aparecía en la revista National Geographic un artículo sobre un reportero que pasó unas semanas con la tribu tanzana Hadza. Comencé a leerlo con la avidez que acostumbro cualquier cosa que suene, aunque sea remotamente, a África. La memoria no es desde luego una de mis mayores virtudes (acostumbro a tener siempre todo en la punta de la lengua pero jamás consigo escupirlo) y al comenzar a leerlo el nombre Hadza no me decía nada. Fue tras pasar varias páginas que al fijarme en una foto del jefe de la tribu (un tal Onwas) me sorprendí a mí mismo exclamando: “¡Yo a este tío le conozco!”. Normalmente te son familiares en los medios tanto gente de la farándula como tarambanas varios (incluyendo en el primer grupo deportistas ó actores y en el segundo políticos y empresarios), por lo que reconocer al jefe de una tribu de cazadores-recolectores que se comunica con su pueblo a base de chasquidos me produjo una profunda satisfacción. Alguien podría responder que ser compañero de correrías de Brad Pitt o Pep Guardiola tendría más glamour que compartirlas con Onwas (no creo que nadie reclamara ese derecho para José Luís Rodríguez Zapatero) pero dudo que esas andanzas fueran tan divertidas como la jornada que compartimos con los hadza (reconozco que podría llegar a cambiar a Onwas por Angolina Jolie). El autor del artículo describía su periplo dándole un halo de gran aventura de supervivencia, con esa típica arrogancia de los reporteros con la que parecen susurrarte mientras arquean una ceja: “Después de caminar en la frontera entre la vida y la muerte he vuelto para contártelo”. Pues bien, ¡esta vez YO estuve allí!

Los Hadza son una etnia que habita en los alrededores del lago Eyasi, en el valle del Rift a su paso por Tanzania. Son apenas unos 1.000 individuos de los cuales alrededor de 400 aún hoy viven como cazadores-recolectores. Basándose en análisis genéticos se ha demostrado que representan,  junto con bosquimanos (otros famosos a los que hemos conocido recientemente), una de las raíces principales del árbol genealógico de la Humanidad. Un pariente genéticamente idéntico a Onwas tiene una edad de unos 100.000 años. Los Hadza proporcionan una prueba viva de cómo se vivía hace más de 10.000 años, antes del nacimiento de la agricultura, pues su forma de vida poco ha cambiado desde entonces. En algún momento de la Historia hubo un iluminado que decidió que era mejor cultivar la tierra y domesticar animales que recoger plantas y perseguir a la casi siempre fauna hostil. La disponibilidad de alimentos en la despensa favoreció la constitución de poblaciones y el ordenamiento de unas comunidades cada vez más complejas que desplazaban a los cazadores-recolectores y se disputaban las regiones más fértiles para hacer frente a los periodos de carestía. Aquellas entidades sociales fueron evolucionando hasta convertirse en ciudades y mucho más tarde en naciones. 10.000 años más tarde aquella iniciativa ha desembocado en la infausta dinámica actual en la que estoy obligado a ponerme una corbata todos los días para ir al trabajo.

Dice Michael Finkel, el autor del reportaje, que los hadza no practican la guerra y no hay constancia de que hayan sufrido periodos de hambruna. De hecho siguen hoy una dieta más saludable y variada que la mayoría de ciudadanos del mundo. Apenas invierten 4 horas al día en la búsqueda de alimento, dedicando el resto del tiempo a actividades de ocio, tales como contar historias al calor de una hoguera mientras fuman con ostensible euforia (no supe determinar durante mi estancia la naturaleza del estupefaciente que consumían). Todo lo que poseen pueden llevárselo al hombro. Los hadza viven en pequeñas comunidades abiertas, en el sentido de que pueden entrar y salir de ellas a voluntad, y no reconocen ninguna autoridad dentro de las mismas. No existen compromisos sociales ni horarios. No existe una ceremonia para contraer matrimonio ni existe el concepto como tal, pues los hadza (tanto hombres como mujeres) cambian de pareja sin mayor protocolo cuando la actual deja de satisfacerlos. Sin necesidad de reflexiones transcendentales debo decir que envidio a los hadza.

Fue hace unos dos años cuando, tras un interminable trayecto en la parte trasera de un camión (10 horas para hacer 200 kilómetros), llegamos a las inmediaciones del lago Eyasi. A la mañana siguiente nos acercamos a la la aldea nómada de los hadza. Nadie salió a recibirnos. Únicamente tras un rato de ruidosa impaciencia el propio Onwas apareció tras las pajas de una choza. Resulta incómoda esa situación inicial en la que el grupo de forasteros aguarda con gran expectación que los miembros de la tribu le deslumbre con hábitos singulares y exóticos. Si bien etnias como los Masái resultan decepcionantes por el grado de folclore poco creíble que exhiben, lo cierto es que los hadza resultan francamente auténticos. Tras fumarse un descomunal canuto (el cual nos ofreció, y rechazamos con razonable prudencia), Onwas nos estuvo enseñando a hacer fuego con un palo (muy difícil), tirar con arco (muy difícil) y cazar (muy difícil, incluso para ellos). Pasamos unas tres horas siguiendo al hijo de Onwas mientras oteaba entre la maleza. Un tipo vestido con un gorro de piel de mono y un roído pantalón perseguido por cinco turistas vestidos en plan Coronel Tapioca, todos ellos intentando camuflarse en el bush para cobrarse alguna pieza. Bastante estrambótico, la verdad. Obviamente no hubo suerte con la “caza mayor”. La única víctima de nuestra experiencia cinegética fue un incauto ratoncillo que se llevó una pedrada en la cabeza, y que tras ser cocinado a la brasa fue compartido entre todos aquellos que quisieron darse el festín. A mí me tocaron los higadillos. En definitiva pasamos una fantástica jornada de cazadores-recolectores. (Casi todos. Siempre está el típico aguafiestas que afirma de manera palmaria que los hadza no quisieron cazar ningún mono para no herir sensibilidades o que el ratón ya estaba muerto antes de que nosotros llegáramos.)

Puede parecer emotivo (y probablemente simplista), pero nos marchamos de la aldea hadza con la sensación amarga que te deja el advertir cómo de insustanciales son la mayoría de las cosas a las que damos importancia. Resulta lamentable comprobar la cantidad de preocupaciones y actividades fútiles que nos ocupan a lo largo del día, y que te hacen añorar una vida de cazador-recolector. Es muy probable que los nietos de Onwas acaben seducidos por el escaparate multicolor del mundo occidental y que, de aquí a dos generaciones, el pueblo hadza se sienta perdido por una caída de su proveedor de internet o acuciado por deudas relacionadas con productos que a día de hoy no necesitan. Es desconsolador darse cuenta de que esa moraleja es efímera, y que sólo dura el vuelo de Tanzania a España.

Posteado por: alvargua | 9 enero 2010

Merienda de negros

Cuando vinieron los misioneros a África tenían la Biblia y nosotros la tierra. Nos dijeron: vamos a rezar. Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos la tierra.

Desmond Tutu, clérigo sudafricano conocido por su oposición al Apartheid

Niña himba, Namibia

Son muchas las cosas que se aprenden durante los años de estudio (me permito la expresión “años de estudio” a modo de simpático eufemismo para describir lo que fueron mis años de indisciplinado aprendizaje) y que pasan por nuestra memoria como por un colador roído. Es al menos mi caso en lo que respecta a la época de la historia de la colonización de África, y en particular de un hecho histórico como la Conferencia de Berlín de 1884, el cual recientemente he redescubierto con estupor. Pretendo que sirva el presente texto para recuperar de mi memoria las circunstancias que se dieron durante aquellos años y que han derivado en la triste situación política y económica de la mayor parte de las naciones africanas.

Es un hecho probado el que África es la cuna de la Humanidad, en un tiempo en el que los ancestros del hombre actual partieron de la región austral del continente negro para llevar a cabo las primeras “colonizaciones”.  Aquellas expediciones hacia un entorno que les debió parecer hostil, motivadas por un ánimo probable de curiosidad y necesidad de supervivencia, dejaron un continente poblado por algunos representantes de homo sapiens que vivieron en feliz armonía con su entorno por decenas de miles de años. Esta situación de alegre independencia se mantuvo hasta finales del siglo XIX, cuando todavía el 90% del territorio estaba gobernado por africanos. En el transcurso de apenas tres generaciones se llevó a cabo la ocupación total del continente. La raíz del árbol genealógico tomada al asalto. El primer colonizador colonizado.

Las necesidades de materia prima por parte de las potencias europeas tras la Revolución Industrial iniciada en el siglo XVIII llevaron a una agresiva competición por la adquisición de territorios de ultramar. La emergencia en los países imperialistas de doctrinas de superioridad racial, además del descubrimiento de la quinina como profilaxis contra el paludismo y las nuevas armas de fuego, que conferían a los europeos la posibilidad de someter a ejércitos más numerosos, hicieron el resto.

El preludio de la Conferencia fue la expedición de Stanley, patrocinada por Leopoldo II de Bélgica, para explorar la cuenca del río Congo. Tras años de ejércitos, misioneros y exploradores tomando África, esta circunstancia creo la conciencia en Europa de que todo el continente había sido ya “descubierto”, y generó una aguda paranoia en las potencias europeas que pugnaban por obtener derecho de control y explotación del continente. Desde una perspectiva moral contemporánea resulta obsceno recordar que, por ejemplo, Leopoldo II era el propietario privado de los territorios anejos a la cuenca del río Congo. Por su parte Francia acababa de conseguir la posesión de Túnez y el Congo Occidental, y pretendía la gestión completa del eje horizontal del Sahara desde Senegal hasta Sudán. Gran Bretaña recientemente había obtenido el gobierno de Egipto y en consecuencia la soberanía sobre Sudán y Somalia, y reclamaba la autoridad sobre el eje vertical entre El Cairo y El Cabo a través del África Oriental. En ese contexto de pillaje, las potencias europeas en liza convocaron la Conferencia de Berlín para repartirse educadamente el pastel. Cualquiera mínimamente perspicaz habrá adivinado ya que ningún gobierno africano fue invitado a la fiesta. El canciller alemán Bismark, en su rol de presidente de la Conferencia, abrió la primera sesión con un discurso que prometía que uno de los objetivos marcados era promover la civilización del pueblo africano (resulta interesante observar esa tendencia incorregible del hombre a pretender que los demás están equivocados cuando no comparten su misma filosofía vital. Si bien es un defecto congénito en el ser humano, independiente de raza o religión, sí que es cierto que el mundo occidental ha tenido históricamente la capacidad de someter al resto de pueblos “incivilizados”. Quizás sólo el adolecer de esa facultad de imponerse a los demás ha eximido a algunas naciones de tratar de sojuzgar a otras culturas). No obstante, la Conferencia de Berlín no terminó con las disputas por África, sino que estableció las normas bajo las cuales se dirimirían los posteriores conflictos. Aún más, los ánimos imperialistas se fueron exacerbando hasta el punto de que las crecientes pretensiones expansionistas derivaron en tensiones geopolíticas y económicas que desembocaron en la Primera Guerra Mundial, cuya resolución llevó a un nuevo mapa del continente en el que Alemania perdía sus colonias. África pasó por estas circunstancias históricas actuando como fuerza de trabajo, y en las que sus recursos naturales se esquilmaban y sus tierras se expoliaban.

A partir de la Segunda Guerra Mundial muchas potencias imperialistas, en aquel contexto de posguerra, empezaron a dudar de la idoneidad de mantener las colonias, por el elevado coste que suponía mantener administraciones de ultramar, construir infraestructuras para su explotación, además de mantener la paz en unos territorios donde el espíritu nacionalista era creciente. Desde entonces, la lenta pero continua sucesión de estados que conseguían su independencia devino en un colonialismo económico que hacía de esas naciones emergentes meras exportadoras de materias primas e importadoras de los productos manufacturados que los antiguos imperios ahora producían. Aún peor: la organización territorial de África dibujó un mapa del continente que no atendía a la naturaleza tribal de sus pueblos, sino que fijó fronteras de carácter nacional lo cual provocó, con posterioridad a la independencia, los numerosos enfrentamientos e incluso genocidios entre pueblos que, no pudiendo compartir un sentimiento nacional al estilo occidental, habían sido obligados a convivir bajo el entorno de un mismo estado.

En la actualidad, en su condición de excolonias, la mayor parte de los países africanos mantienen estrechas relaciones con la Unión Europea, pagando alrededor de $20.000 millones en concepto de deuda cada año. La ayuda exterior llega a los $50.000 millones anuales lo cual no hace sino mantener la situación de dependencia de África con Occidente y permite que gobiernos corruptos e ineficientes sigan en el poder.

Supongo que la historia contemporánea de África se puede resumir en la descripción de dos idiosincrasias muy distintas: la arrogancia occidental que pretende para sí misma el tutelaje del resto del mundo, cobrándose en cada momento la compensación que desde su propio criterio define; y la incapacidad cultural del África subsahariana de adaptarse al sistema legado por las potencias imperialistas. En todo caso, hablamos todavía de estados muy jóvenes, que en muchos casos dividen sus esfuerzos entre crear un plan de progreso y vengar las ofensas recibidas. Quizás en un futuro no muy lejano volvamos a vivir una nueva colonización del resto del mundo desde África…

Posteado por: alvargua | 1 enero 2010

Turismo a ritmo de rally

Erg Chebbi, Marruecos

Fue la pasada Semana Santa que bajamos a Marruecos con nuestro digno aunque humilde Mitsubishi Montero siguiendo a una recua de aficionados al 4×4. Poco que comentar: mucha arena, mucha velocidad, saltos y baches, eslingas y palas, pistas y dunas, nada de turismo. En eso podemos resumir un viaje intenso y teñido de emociones y adrenalina. La siguientes imágenes son significativas de la experiencia: Marruecos a ritmo de rally.

Posteado por: alvargua | 24 diciembre 2009

India: Choque de culturas

No somos sino peregrinos que, yendo por caminos distintos, trabajosamente se dirigen al encuentro de los unos con los otros

Antoine de Saint-Exupery

Sadhu en Jaisalmer, India

Pronto la idea de que India es un país pacífico y místico se esfuma al enfrentarte a la agresión de olores, ruidos y suciedad que esta república de 1.100 millones de almas desprende. El aparente caos en el que viven sus ciudadanos, con la colaboración de burros, vacas sagradas, monos, cerdos y demás fauna pseudo-doméstica que campa sin orden ni concierto, enfatiza sin duda esa sensación de haber caído en un planeta extraterrestre. El choque cultural es muy fuerte, y uno no acaba de sentirse parte de la fiesta en ningún momento. En la India sientes como si  tú solo estuvieras luchando contra los mil millones de indios, a los que percibes oponiéndose a ti de una forma silenciosa. No sorprende el que el imperio británico tuviera que ceder la independencia a India ante la “revuelta pacífica” de Gandhi. Es como si estuvieras  viendo una película en la que sólo participas cuando uno de los actores, con esa mezcla de timidez e indiscreción que atesoran los indios, se te acerca para interrogarte sin preámbulos sobre tu vida privada (el camarero se aproxima amable pero casi nunca sonriente y te sirve un curry en una plato dudosamente limpio y te pregunta: “¿tenéis hijos?”. Si tu respuesta es negativa tu interlocutor te dirigirá una intensa mirada de incomprensión y un “¿por qué?” que suele contestarse con una risita nerviosa).

Referirse a India como un todo indivisible sin posibilidad de matices es desde luego impreciso, aunque lo cierto es que al menos Rajastán hace justicia a todos los tópicos existentes. El sincretismo de India incluye desde hindúes a musulmanes pasando por judíos, budistas, sijs y jainistas. Es un crisol de religiones, y también de accidentes geográficos: el desierto del Thar, el Himalaya, un litoral de 5.500 kms de largo y un río tan místico como el Ganges…  Es curioso como esa multiculturalidad convive con un rígido sentimiento tradicional; las ideas y costumbres de inmigrantes e invasores no acaban de calar, como la lluvia que resbala sobre una superficie impermeable.

Una de las cosas que más nos llamaban la atención de India era la posibilidad de imbuirnos de su ferviente misticismo. Más que esa pretendida sincera y ardorosa religiosidad encontramos una devoción un tanto folklórica. ¿La religión como una ventana a la esperanza? Los hindúes creen que todos los seres vivos estamos condenados a un infinita existencia de reencarnaciones, y eso se percibe en su paciente autocomplacencia, como el que sufre su pena con estoicismo esperando que quizás en la próxima vida habrá más suerte.

Curiosamente la indolencia india se transforma en frenesí cuando se ponen a los mandos de sus vehículos. Si bien alquilar un coche con conductor es la forma más típica de recorrer la India, uno no debe perder la oportunidad de disfrutar del exótico espectáculo del viaje en tren…

Posteado por: alvargua | 15 diciembre 2009

Hawái: Stay on Trail

Viajé mucho. Siempre he evitado las rutas oficiales, los palacios, las figuras importantes, la gran política. Todo lo contrario. Prefería subirme a camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical.

Ryszard Kapuscinski en Ébano

"Stay on Trail" (Haleakala National Park en Maui, Hawaii)

Hawái es un archipiélago polinesio de soberanía estadounidense literalmente en medio de la nada. Sus 18 islas principales, cubriendo una extensión de 2.400 kms, están a más de 3.800 kms del continente más cercano. La sensación de claustrofobia, de no poder huir, únicamente se difumina como consecuencia de la prolongada somnolencia provocada por un profundo jetlag (12 horas de diferencia horaria con España). La cosa se agrava porque Hawái dispone de unos 10 volcanes activos, entre ellos el Kilauea y el Mauna Loa, quizás los más conocidos. Uno puede “asomarse” a sus cráteres de más de 160 metros de profundidad gracias a las inquietantes y típicas excursiones en helicóptero. El piloto acostumbra a mostrar sus habilidades inclinando el aparato unos 90 grados, con lo que la percepción de caída es considerable pero, eso sí, la cercanía con la lava y el volcán se incrementa. No debe ser raro (fue nuestro caso) el que algún pasajero malinterprete la diversión y su experiencia devenga en una indisposición que sature la cabina de un mareante olor a vómito. Es impresionante observar desde el helicóptero la multitud de pequeñas poblaciones que se han construido (o han llegado a estar) en medio de lenguas de lava en movimiento (¡!). Los hawaianos parecen vivir esta alarmante circunstancia con bastante naturalidad. En fin, supongo que a ellos un atasco en Madrid les resultará desquiciante….

Obviamente, las actividades más típicas en Hawái están vinculadas estrechamente a la inmensidad de agua tibia y tropical que le rodea. Desde avistamiento de ballenas al chapoteo con delfines pasando por el scuba diving. Las inmersiones son excepcionales en muchas de sus islas, desde Big Island a Maui o Kauai, en las que se pueden fácilmente ver tortugas, peces tropicales, tiburones y su gran barrera de coral.

Caímos en Hawái por casualidad y es justo reconocer que nuestros prejuicios que hacían del archipiélago una especie de Benidorm eran equivocados. Si bien no es fácil disfrutar de la experiencia “aloha” (la población y la cultura nativas están en decadencia), y las islas están ciertamente copadas por yanquis y japoneses, basta con alquilar un coche y conducir unas pocas millas para integrarse en los espectaculares paisajes, repletos de lagunas tropicales, playas de lava o de arenas blancas, sobrecogedoras cascadas, vegetación exuberante y hasta nieve.

Posteado por: alvargua | 14 diciembre 2009

Namibia: The sheltering desert

The thought that this wild, barren landscape was to be our home for perhaps quite a long time filled me with misgivings and yet with a feeling of elation. Hermann observed soberly: “They won’t find us so easily here.” … My friend, the dog Otto and I sought the shelter of the desert in order to escape the madness of the Second World War. We found the shelter we were looking for and we found adventures of survival which confronted us forcibly with the primitive traits of our own nature.

Henno Martin en The sheltering desert

Desierto del Namib, Namibia

Namibia es un país que, con una superficie un 50% mayor que España, está poblado por apenas 2 millones de personas. No es extraño hacer 100 o 200 kms por sus pistas principales (las carreteras asfaltadas escasean) sin cruzarse con un solo vehículo. Más aún si te animas a practicar uno de los grandes hobbies de los namibios, la conducción off road, donde definitivamente es muy recomendable disponer de al menos dos ruedas de repuesto y llevar agua, alimentación y gasolina para al menos un par de días. En el peor de los casos, y si uno no quiere viajar solo e imbuirse de la cultura local, siempre puede recoger a alguno de los muchos autoestopistas himba o bosquimano que seguramente encontrará en el camino. Para la práctica del 4×4 hay multitud de posibilidades, desde seguir el Naukluft Trail y disfrutar de la conducción en dunas, hasta adentrarse en Kaokoland, con la posibilidad de, mientras se dirige al Van Zyl’s Pass, con mucha prudencia y en un convoy de al menos un par de coches, acercarse a los elefantes del desierto (están documentados multitud de ataques), y finalmente hacer un game drive en el Khaudum Park, frontera con Botswana, donde habrá que cruzar los dedos para no quedarse atascado en la arena, dada la incierta cercanía de leones y demás fauna hostil a los huéspedes con forma de aperitivo.

Uno descubrirá que Namibia, si bien puede parecer en el primer vistazo un tanto domesticada por los afrikáners (los blancos de origen alemán que de facto dirigen el país), dispone de una naturaleza que no se puede someter. Es inhóspita y árida, y uno cometerá un gran error si pretende recorrerla como si fuera un gran zoológico con acogedores lodges…

Namibia y el Namib

El desierto del Namib se extiende a lo largo de la costa de Namibia a lo largo de 1.600 kms, entre el río Orange (frontera con Sudáfrica) y el Kunene (frontera con Angola). El Namib, cuyo nombre significa “enorme” en lengua nama, se considera el desierto más antiguo del mundo, pues se tiene constancia de su existencia desde hace más de 65 millones de años (cuando se extinguieron los dinosaurios). El desierto está cubierto por varios parques naturales desde Skeleton Coast en el norte hasta el Namib Naukluft Park en el sur, describiendo impresionantes paisajes que acogen desde focas en la zona más septentrional (favorecidas por la corriente de Benguela) hasta avestruces y cebras en la zona austral. La conducción por Skeleton Coast, con impenetrables nieblas y horizontes inalcanzables, contrasta con el desierto de dunas de hasta 380 metros de altura (duna 7, la más alta del mundo) y los deadvlei del Naukluft Park.

Posteado por: alvargua | 13 diciembre 2009

Kenia: Ven y descúbreme

Observar una costa mientras se desliza ante el barco es como pensar en un enigma. Allí está ante ti, sonriente, ceñuda, insinuante, grandiosa, mezquina, insípida o salvaje, y siempre muda, con aire de estar susurrando: “Ven y descúbreme”.

Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas

Poblado de pescadores en el lago Victoria, Kenia

Posteado por: alvargua | 13 diciembre 2009

Riviera Maya: Profundas regiones

-¡Qué situación! -exclamé-. ¡Recorrer estas profundas regiones a las que el hombre jamás había llegado! Mire, capitán, mire esas magníficas rocas, esas grutas deshabitadas, esos últimos receptáculos del Globo donde la vida no es ya posible. ¡Qué lástima que nos veamos reducidos a no conservar más que el recuerdo de estos lugares desconocidos!

Julio Verne en Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino

Cenote Chac Mol en Riviera Maya, México

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